lunes, 23 de abril de 2018


NO HAY BIEN QUE POR MAL NO VENGA


Los fabricantes de automóviles han logrado tanta sofisticación en la forma de protegerlos (cerraduras, llaves, bloqueos) contra hurto que ahora los delincuentes optan por rapiñarlos (hurto con violencia).

sábado, 21 de abril de 2018


LA JUSTICIA ES UN CALMANTE


Los vengativos nos aliviamos pasándole nuestro dolor al culpable. El Sistema Judicial se encarga de esta transferencia a nivel de toda la ciudadanía. Algunos evitan la intermediación y hacen “justicia por mano propia”, aunque está prohibido.

sábado, 14 de abril de 2018


Los delincuentes son trabajadores muy sacrificados que abandonaría la delincuencia si encontraran un trabajo menos sacrificado.

domingo, 25 de febrero de 2018

SUBIBAJA


Los agentes inmobiliarios muy cancheros dicen: “Quienes nos dan una casa para vender, demoran 10 segundos para entender que subió el valor y 10 meses para entender que bajó el valor”.

La propiedad más importante que todos tenemos es la vida.

Con idéntica lógica no terminamos de entender que nuestra vida cada vez vale menos. Queremos mejorar su cotización en caída aumentando las penas a los homicidas, pero las reglas del mercado no se negocian porque son leyes de la Naturaleza.

jueves, 2 de noviembre de 2017



PARECE IRÓNICO


Parece irónico decir que los delincuentes están perdiendo escrúpulos, pero hasta cierto punto es así. A medida que la represión mejora sus resultados ellos tienen que aumentar la eficacia delictiva, correr más riesgos, entrenarse mejor, actualizarse, ser creativos.

Recordemos que no saben ganarse la vida de otro modo y que tienen un estómago, como todo el mundo, que les exige comida cada cuatro o cinco horas.

miércoles, 22 de julio de 2015

Significante Nº 2.222b




Corrupción: Los ladrones roban con más comodidad si desconocen al dueño de los objetos. Los empleados públicos desconocen a los contribuyentes.

Historia de amor



 
Existen familias en las que sus integrantes viven en peores condiciones a las que padecerían en una cárcel. Por este motivo, no podemos descartar que algunos proyectos de vida incluyan procurar la reclusión carcelaria como una forma de disminuir sus padecimientos.

Esta breve historia cuenta el caso de un reincidente al que podríamos comprender (nunca justificar) en su búsqueda de reingresar a la cárcel.


Mi viejo me fue a visitar muchas veces, y lo valoro porque sé cuánto rechaza a los delincuentes. Para él era un verdadero sacrificio ir hasta una cárcel tan lejana, dejarse manosear por los milicos y después estar un rato conmigo en un lugar que consideraba deprimente.

Cuando yo era chico recuerdo que lloró abrazado a mi madre al volver de la inauguración de un lujoso shopping center construido mediante el reciclaje de una cárcel. «Sentí los gritos desesperados de los presos», decía apretujándose contra el vientre de mamá.

Imagino cuánto dolor habrá tenido cuando yo fui condenado a varios años de cárcel por asuntos que no vienen al caso.

Mi madre era más disciplinada. Durante todo el tiempo de reclusión fue sin faltar un día. Entre los presos ganó el premio a la constancia. Algunos me hacían comentarios como si la conocieran. Yo se los trasmitía y ella les mandaba saludos. Roberto le decía «mi suegra» acariciándome el cabello.

Las cosas entre los viejos empezaron a andar mal y terminaron divorciándose. Al veterano lo destrozó la separación. Se ve que la quería.

Al poco tiempo supe que mi madre trajo a su casa a un rapiñero muy pesado que liberaron dos meses antes que a mí. Algunos compañeros, quizá los que más me envidiaban por ser tan visitado por ella, comentaron que mi madre y el Cacho se conocían desde hacía mucho tiempo. No sé, mi madre es adorable pero no es una santa.

Cuando llegó el día de mi libertad me fui a vivir con ella y el Cacho. Yo me había cruzado un par de veces con él pero durante la cena de mi liberación me di cuenta que el tipo era una verdadera porquería. Pensé mucho en mi padre y no podía entender los gustos de mi madre.

Esa primera noche hubo un ambiente tenso porque se ve que no le caí bien al hombre. Me hacía bromas insoportables, me habló mal de Roberto. El tipo quería hacerme calentar y no le costó nada encontrar mis puntos flacos.

Como entre juegos, empezó a toquetearla. Ella se reía, no sé si por diversión o por los nervios. Con irritante claridad vi como le metía una mano por debajo del vestido y creo que, por como ella quedó suspendida en el aire, llegó a introducirle un dedo en el ano. Sentí ganas de matarlo. Tuve que irme a la cocina para esconder mi cara de furia respirando hondo.

Los recuerdos de aquel lugar me ayudaron a salir un poco del presente lacerante. Miré las ollas esmaltadas marca SUE, la estantería que hizo mi padre mientras yo le alcanzaba clavos, el hacha tronzadora de acero toledano que les regaló mi abuela cuando se casaron. Ahí estaba mi infancia deslumbrada por la ingenuidad.

Terminar de cenar fue un suplicio. Me pareció que la vida en la cárcel no es tan mala después de todo.

Los juegos de manos siguieron, los chistes soeces, los piropos ordinarios. Mi corazón era audible.

Por suerte terminamos de cenar y nos fuimos a dormir. Tratando de calmarme recé para que Roberto estuviera bien y para que nuestras vidas fueran recobrando la normalidad.

Pero faltaba lo peor. Por sobre el volumen de la televisión, ellos empezaron a proferir ruidos eróticos, la cama crujía como un buque añoso en una tormenta, el muy repugnante la estimulaba diciéndole groserías imperdonables.... Ella gemía con un descontrol desconocido por mí.

Enrollado en posición fetal, me tapé los oídos con la almohada. Estuve a punto de vomitar. Con tantos movimientos desgarré la sábana de abajo. Le pedí a Dios que me ayudara. Finalmente, se reinstaló el silencio en aquel dormitorio pero no en mi cabeza.

No sé por qué volvía, una y otro vez, aquella imagen de mi papá llorando por la cárcel burlonamente devenida shopping.

Me levanté como para tomar agua. Podía ver en la oscuridad con una insólita nitidez. Fui a la cocina, agarré el hacha de mi abuela, entré en el dormitorio de los ruidosos enamorados y le partí el cráneo al repugnante manoseador.

Creo que mi madre se puso a gritar y me parece que en poco rato la casa se llenó de policías. Recuerdo que el más corpulento se había empecinado en apoderarse del hacha.

El juez me preguntó por qué lo había matado. No quise contar los detalles indecentes por respeto a mi mamá y sobre todo a mi papá. Opté por una declaración verdadera pero que el juez fuera capaz de entender. Le dije que extrañaba demasiado a Roberto.

(Este es el Artículo Nº 2.277)