martes, 29 de mayo de 2012

Los cuatro jinetes de la gripe


Muchos piensan que un pequeño grupo de ricos tienen la culpa de que existan una mayoría de pobres.

Mientras la humanidad creía que las enfermedades eran el resultado de un ataque recibido de espíritus malignos, lo que hoy llamamos medicina no pudo desarrollarse.

Piensen en un indígena que se siente atacado por un demonio que lo vuelve hipersensible a la luz, otro que le produce dolores en todo el cuerpo como si lo hubieran golpeado, un tercero que se le instala en la cabeza y le genera un dolor mortificante, quizá es una diablesa la que le provoca una congestión nasal que lo obliga a respirar por la boca y que cada tanto, cuando ella se enoja, él tiene que estornudar intentando desalojarla. Para redondear la imagen, estos personajes de pesadilla vienen montados en enormes caballos.

Seguramente esta patota de cuatro seres malignos lo están atacando porque la víctima cometió algún error, quizá los ofendió, les faltó el respeto, transgredió alguna de sus caprichosas y exigentes pretensiones. Se siente atacado, culpable, temeroso, arrepentido no sabe bien de qué, pide ayuda a quienes lo rodean y entre estos los hay quienes acuden solícitos para procurarle alivio pero habrá otros que son más reticentes y pensarán «algo habrá hecho para estar así».

Toda esta historia, cuando la víctima sabe que está engripado y que si hace reposo durante una semana seguramente se curará, cambia radicalmente la interpretación que todos hagan del fenómeno.

Algo parecido sucede con la pobreza: Si suponemos que la pobreza es causada por seres malignos, ladrones, explotadores, avaros y mezquinos, todo suena muy coherente pero la situación se vive con el mismo dramatismo mágico de aquel pobre engripado que se creía atacado misteriosamente por cuatro espíritus diabólicos.

Si le hubiéramos explicado a aquel primitivo que estaba cursando un proceso viral, hubiera continuado buscando un exorcista que le quitara a los cuatro enemigos invisibles. Si hoy yo les digo que la pobreza es un fenómeno social en el que ciertas causas psicológicas producen efectos económicos, muchos seguirán pensando que un pequeño grupo de ricos tienen la culpa de que existan una mayoría de pobres.

Emigración del país Malo al país Bueno


Los gobernantes tienen, entre sus cometidos, ser los culpables de nuestro infortunio.

Todos los lectores de este blog viven en alguna república entendiéndose por tal la forma de organización del Estado cuya máxima autoridad es elegida por los ciudadanos directamente o por un Parlamento que a su vez fue elegido por los ciudadanos directamente.

¿Que significa este estilo de organización? Varias cosas pero voy a mencionar la que generalmente no se menciona. Esos gobernantes nos representan. Los que toman las decisiones lo hacen en nombre nuestro. Nosotros los designamos (mediante el voto) para que tomen decisiones en lugar nuestro.

¿Qué beneficios tiene este estilo de organización? Varios beneficios pero voy a mencionar el que generalmente no se menciona: Gracias a esta forma de organización puedo pensar y decir que esos representantes son los culpables de una gran cantidad de cosas malas que nos suceden.

Si no tengo dinero, no es porque soy poco productivo, es porque ellos están administrando mal el país, no están generando fuentes de trabajo, no están haciendo lo que corresponde con la redistribución de la riqueza.

Si tengo la mala suerte de ser robado por un ladrón, no es porque me descuidé, porque hice ostentación de poseer bienes codiciables, por haber dejado la puerta abierta, es porque los gobernantes no están pudiendo lograr una seguridad ciudadana mínima.

Si la localidad donde vivo está sucia, desprolija, mal iluminada, no es porque yo tire papelitos en la calle, ni porque exprese mi arte pictórico sobre los muros de la ciudad o porque mi hijo se divierta tirándole piedras a los focos de luz, está todo mal porque el alcalde o el intendente no están haciendo las cosas que deben hacer en tiempo y forma.

Resumo: La lista de beneficios de este tipo que tenemos en una forma de organización de tipo representativa es enorme y nos permite olvidarnos de que nuestro alivio en la responsabilidad personal es transitorio porque a la corta o a la larga tanta comodidad termina por perjudicarnos. Excepto cuando decidimos irnos a otra comarca y empezar de nuevo. Éste es un buen motivo por el cual la gente emigra, aunque seguramente diga que donde estaba no había gobernantes que hicieran las cosas bien y que se va a otro lugar donde los gobernantes son mucho más eficientes.

¡Qué buen ejemplo de intolerancia!


Los dichos de la Biblia sobre los criterios justicieros de Dios, dejan mucho que desear.

El ser humano se comió una manzana y Dios condenó al macho a ganarse el pan con el sudor de la frente y a la hembra a parir con dolor. ¡Qué mal ejemplo!

Si bien esto es un mito bíblico, muchos lo aceptan como un dato histórico y los que no, igual piensan que algo parecido debió suceder.

Lo que me parece pésimo es que un ser tan superior tenga esa conducta tan intolerante, agresiva, violenta, vengativa, desproporcionada.

Todos queremos ser tan perfectos como Dios (a sabiendas que no lo lograremos plenamente), pero lo que sí podremos lograr es adquirir esos rasgos tan antisociales.

La Sagrada Biblia nos está convirtiendo en:

— haraganes (porque ¿quién no va a procurar eludir el castigo de trabajar sabiendo que él no hizo nada?);

— intolerantes («si Dios se mostró tan irascible, ¿qué puede esperarse de un débil mortal como yo?»);

— sádicos (si comer una manzana dio para tanto, ¿qué puede esperarse de mí cuando me entere quién me robó el calzado Nike que aún no terminé de pagar?).

¿Para qué sirve este comentario? Para tener en cuenta que estamos recibiendo un pésimo ejemplo, tan beatificado como para no poder dejar de imitarlo.

Comprender no implica permitir


Por ciertos motivos es comprensible que la delincuencia siga existiendo.

— No te confundas pequeño: que te comprenda no significa que te tolere.

Una de las principales resistencias que se oponen al aprovechamiento de las herramientas que ofrece el psicoanálisis, es la creencia en que “comprender equivale a tolerar”.

La actitud permisiva (tolerar) es una opción más entre las posibilidades accesibles dentro de un vínculo. Es tan válida como poner límites, negociar, debatir, reglamentar u otras.

Es posible que en una sociedad se conozcan las razones más íntimas por las que un ciudadano le causó un perjuicio a otro, pero de todos modos habrá de ser juzgado y sancionado si correspondiere.

La diferencia entre comprender y no comprender radica en el resultado de la gestión reparadora que la sociedad sea capaz de tomar.

Si comprende estará en condiciones de reeducar, sanar, rectificar al ciudadano victimario, así como también colaborar con el ciudadano víctima a que se recupere más rápidamente del daño injustamente recibido.

No comprender sólo conduce a reparaciones superficiales auspiciando la reiteración hasta el infinito.

Tenemos que comprender además, que la sociedad puede preferir que los infractores sigan siéndolo pero sin reconocerlo explícitamente.

Por eso es comprensible que la delincuencia siga existiendo.

Gracias a los blancos yo soy negro


Es probable que algunos delincuentes no puedan ser honestos porque perderían su único rasgo identificatorio (ser delincuentes).

Para que uno pueda percibir necesita los contrastes. Si ponemos blanco sobre blanco, no percibimos nada, pero si ponemos negro sobre blanco, ahí sí que se percibe todo: la figura y el fondo.

Para que alguien se sienta un buen ciudadano, tienen que existir malos ciudadanos, porque los primeros perseveran en su actitud positiva gracias a que con ella se sienten existir, constatan tener notoriedad, son percibidos, otros los registran, los califican, los admiran, los aplauden,. Estos hechos sociales son fundamentales para conservar la salud mental (e indirectamente, física por aquello de «cuerpo sano en mente sano»).

Por su parte los malos ciudadanos también obtienen los mismos resultados porque se sienten percibidos cuando los exhiben en las crónicas policiales, cuando son castigados. Aunque parezca insensato, el recurso de delinquir para sentirse percibidos (y por lo tanto, existentes), es el menos malo al que pudieron acceder.

Honestos y ladrones obtienen de sus respectivos roles una sensación sin la cual no podrían vivir: saberse reconocidos, tenidos en cuenta, registrados, señalados, nombrados, identificados.

Lo mismo sucede con todas las demás polaridades: ricos-pobres, laboriosos-vagos, puritano-licencioso, sano-enfermo, memorioso-amnésico, diestro-torpe y así hasta el infinito.