sábado, 8 de marzo de 2014

La gota de agua


Con el refrán «La gota de agua horada la piedra» estamos sugestionados con que, para solucionar la injusticia distributiva, debemos resistir y tener paciencia hasta morirnos.

En otro artículo y video (1) les dejaba un comentario sobre esa cantidad enorme de obras literarias (después convertidas en películas o no), en las que el héroe y triunfador es un personaje pequeño, quizá un niño o un pobre, que logra vencer a un gigante, quizá un delincuente, genio malévolo o rico.

El esquema tiene éxito en casi todos los casos: el público compra, lee, disfruta, con las dificultades de alguien muy parecido a nosotros, los lectores. Infaliblemente, en un final agónico, dramático, electrizante, el bueno y débil vence al malo e invencible contrincante, que durante toda la película estuvo amenazándonos a través de nuestro representante, el pequeño héroe.

Lo que les comentaba en el mencionado artículo es que, gracias a estas obras literarias o cinematográficas, los pobres y débiles nos mantenemos tranquilos, cada uno por su lado, disfrutando en solitario con estas fantasías, para que a ninguno se le ocurra cuestionar demasiado la insólita y eterna desigualdad entre pobres y ricos.

Para perfeccionar este canto coral de los menos favorecidos, el Papa, desde su trono casi celestial, también dice acongojado: «¡Qué horrible, cómo sufren ustedes, los pobres. (Los ricos) deberíamos hacer algo!».

En el video asociado a este artículo les comento algo similar.

Cuando sentimos el sabio refrán que dice: «La gota de agua horada la piedra», nos sentimos plenos de sabiduría y a partir de este estado místico, nos dedicamos a insistir, perseverar, reclamar, pedir, trabajar, declamar, llorar, aguantar y todos los verbos similares, por tiempo indeterminado, porque, como bien lo enuncia el referido refrán «Si una débil gota de agua horada la piedra, ¡cuánto más podré yo, que soy más fuerte que una gota de agua!»

Quizá, por tratarse de que ya estamos en el siglo 21, deberíamos reformular el refrán, el que quedaría redactado así: «La gota de agua MOJA la piedra».


(Este es el Artículo Nº 2.141)


La mortificante culpa del inocente


Aunque parece insólito, el sentimiento de culpa auténtico es el que alguien puede sentir cuando no pudo darle satisfacción a sus deseos más profundos y, generalmente, prohibidos.

«¿Qué hago, lo digo o no lo digo?, No, mejor callo y no digo nada».

En este diálogo interior podemos imaginar algunas ideas un poco curiosas porque se apartan del sentido común.

La más importante de todas: quien habla podría estar cuestionándose, recriminándose, arrepintiéndose por no haber hecho lo que realmente deseaba.

Alguien cometió un delito y fue descubierto. Ante la autoridad que lo condenará porque las pruebas, la acusación de testigos y demás evidencias  son incuestionables, tendrá que mostrarse culpable y arrepentido porque si insiste en declararse inocente la condena será peor.

Pero, sin embargo, ¡vaya paradoja!, el detenido no parece culpable. ¿Por qué será?

Según una creencia no muy difundida, solo nos sentimos culpables cuando atacamos, o no defendemos lo suficiente, a nuestro propio deseo.

En el caso del delincuente descubierto in fraganti, podemos pensar que lo hizo para satisfacer su deseo, pero tuvo que simular arrepentimiento para no agravar el castigo.

Por el contrario: alguien no participó en un acto delictivo, la justicia no lo acusa, pero se siente muy culpable y deprimido porque, en su fuero interior, él habría deseado participar en ese acto delictivo.

Quienes aceptamos con bastante fe este paradójico funcionamiento psicológico, quedamos expuestos a no creer en todos los actos de arrepentimiento, especialmente los que parecen más convincentes. La lógica psicoanalítica para reaccionar así ante alguien que se desgarra las vestiduras por la intensa culpa que dice padecer es que tal actitud solo sería confiable si de lo que se siente culpable es de no haber satisfecho su deseo.

Este mecanismo mental suele ser desconocido hasta para quien lo padece. Muchas personas, acosadas por la culpa, difícilmente den crédito a que lo que realmente lamentan y se recriminan es no haberse complacido suficientemente el propio deseo.

Esto podría llevarnos a una conclusión aun más insólita: quizá las cárceles están llenas de personas que no se sienten culpables sino satisfechas (de haber complacido su deseo delictivo) y fuera de las cárceles hay aun más cantidad de personas que sufren la culpa de tener inhibida la capacidad de complacer el propio deseo.

(Este es el Artículo Nº 2.154)


El dinero es un instrumento bueno


 

De alguna manera, el Papa Francisco I propone trabajar gratis, o no estamos entendiendo qué quiere decir.

El próximo 25 de febrero de 2014, será presentado en el Vaticano un libro escrito por el cardenal alemán Gerhard Müller (imagen), titulado:  Pobre para los pobres. La misión de la Iglesia.

El título del libro evoca una de las primeras declaraciones del flamante papa Francisco I, en marzo del 2013: "¡Cómo quisiera una Iglesia pobre y para los pobres!"

Del prólogo, redactado por el Papa, extraigo este pensamiento suyo: «el dinero es un "instrumento bueno en sí mismo" pero, si no es ofrecido a los demás, se vuelve contra el hombre».

Comparto con ustedes unos comentarios:

Es un gran avance que la principal autoridad moral de los católicos diga expresamente "el dinero es un instrumento bueno en sí mismo".

Como digo, es un avance, especialmente si tenemos en cuenta dónde están parados los más espirituales, esto es, repudiando «el vil metal» (como suelen llamarlo).

Otra frase importante: "¡Cómo quisiera una Iglesia pobre y para los pobres!" No es mucho lo que pueden hacer los curas sin recursos materiales. Ni los curas ni nadie. Quizá lo que quiso decir Francisco I es «Cómo quisiera una Iglesia rica (como la que tenemos) para (empezar a) ayudar a los pobres».

Otra idea valiosa: «si (el dinero) no es ofrecido a los demás, se vuelve contra el hombre». ¿Estaremos refiriéndonos al mismo ser humano o él está pensando en algún otra especie? ¿Usted se imagina qué pasaría si ofreciéramos nuestro dinero? Dependiendo de la fortuna de cada uno, ingresaríamos en la indigencia en no más de 30 segundos, gracias a lo cual, pasaríamos a ser los menesterosos que otros tendrían que ayudar.

Imaginemos: Si un partido gobernante, —a quien el pueblo le pide que haga algo para contener una ola delictiva—, propone la inmediata evangelización de los encarcelados actuales y también de los que alguna vez estuvieron presos, ¿cuánto mejoraría la seguridad ciudadana?

Lo que intento decir es que los humanos no somos generosos por una simple razón: SOMOS DÉBILES, nacemos prematuros, necesitamos dos décadas para convertirnos en adultos jóvenes. Con esta debilidad congénita, ¿alguien puede pensar seriamente que vamos a ofrecer el dinero que tanto nos cuesta ganar?

Con este tipo de política, expuesta desde la máxima autoridad eclesiástica, que llega a muchos millones de fieles (1.214 millones de bautizados en 2011), la Iglesia Católica está patrocinando más pobreza (¡cada vez tenemos más pobres!), así como el imaginario Ministro de Seguridad Interior tendría una pésima gestión si solo tratara de persuadir a los humanos delincuentes que comiencen a portarse mejor.

Las referencias fueron tomadas de INFOBAE  del 19-02-14

(Este es el Artículo Nº 2.128)


La ciencia y la tortura


La principal razón por la que existen los apremios físicos para extraer información urgente es que la ciencia aun no ha inventado un procedimiento menos cruel.

La humanidad sufre la crueldad de la tortura porque la ciencia aún no ha encontrado la manera de extraer la información de alguien que se niega a entregarla.

Nunca podrá saberse, pero casi todos los procedimientos de este estilo no ocurrirían si quienes necesitan obtener, de forma urgente, una información importante pudieran obtenerla sin mortificar a quien la posee y no está dispuesto a entregarla.

Los apremios físicos existen porque quienes necesitan obtener cierta información con urgencia no cuentan con otros recursos.

Hasta cierto punto, el procedimiento se parece al que tenían que aplicar los cirujanos antes de la invención de las anestesia: el suplicio de los pacientes era inevitable porque se consideraba importante salvar su vida a como diera lugar.

Sin embargo, la tortura tiene otro componente imposible de aceptar: la supuesta intención sádica de los ejecutantes.

La víctima y los allegados a ella no pueden evitar pensar que el sufrimiento responde más a un placer personal, patológico y perverso del torturador. Es casi imposible que los mártires acepten la hipótesis de que todo sería diferente si los torturadores poseyeran otra forma menos horrorosa de obtener la información que necesitan.

La hipótesis inevitable de que los torturadores disfrutan causando dolor tiene su principal fuente de inspiración en los deseos sádicos que todos tenemos, más o menos contenidos.

Para conocernos, solo necesitamos escuchar las conversaciones indignadas de quienes creer poseer una fórmula infalible para frenar la delincuencia. La ancianita más beata guarda en su corazón deseos tan sádicos que, si se postulara para un cargo de torturadora sería descalificada por exceso de celo.

(Este es el Artículo Nº 2.136)


lunes, 27 de enero de 2014

La envidia es instintiva


Podemos envidiar ventajas no económicas (salud, belleza, éxito social). Estas envidias son padecidas por semejanza con la perturbadora injusticia distributiva.

Estamos en 2013. Este año ocurrieron, en Venezuela primero y en Argentina después, saqueos a comercios perpetrados por ciudadanos comunes.

Los periodistas se hacen una orgía con estas noticias tan escandalosas, alarmantes, trágicas.

Los psicólogos también nos hacemos una fiesta.

Quizá la perversidad de los periodistas y de los psicólogos no sea tan grave (¿me estaré dando ánimo?, ¿querré silenciar mi autocrítica?).

Los acontecimientos realmente ocurrieron y todo haría pensar que ninguno de los dos profesionales (periodistas y psicólogos) contribuyó directamente al caos.

Hay muchas cosas para decir desde la psicología, pero la única que me parece un poco novedosa, porque casi nadie la menciona, nos comprende a toda la especie y no solo a quienes participaron en los actos vandálicos.

La frase que resume este diagnóstico dice: «Los ciudadanos honestos robamos cuando no existen razones para no robar».

Lo digo de otro modo: «Saquearemos siempre que sea posible».

De esta aseveración se deduce que la naturaleza humana contiene la vocación de apoderarnos de lo que a otros les sobra y a nosotros nos falta.

Por lo tanto, los humanos somos económicamente socialistas por naturaleza, excepto que alguien nos lo impida con el suficiente poder disuasivo.

Lo que llamamos envidia es en realidad la irritante percepción subjetiva de que se está transgrediendo una ley natural: la de que nadie tenga bienes de más.

La envidia es, entonces, el sentimiento de injusticia distributiva vivido individualmente por cada ciudadanos que observa cómo otros tienen mayores posesiones que él.

Si esto fuera cierto, también podemos envidiar ventajas no económicas, como por ejemplo la salud, la belleza, la cantidad de amigos. Pero estas envidias son padecidas por simple semejanza con la perturbadora injusticia distributiva.

(Este es el Artículo Nº 2.091)


viernes, 6 de diciembre de 2013

Pedofilia: amor condenable

  
Aunque la palabra pedofilia significa ‘amor a los niños’, se usa para designar un delito terrible, repudiado unánimemente por todos.

Para una persona vocacionalmente interesada en saber del ser humano, todo haría pensar que tiene que estudiar psicología, psicoanálisis, historia, antropología, sociología, filosofía, anatomía y fisiología humanas.

Con estas aproximaciones se habrá empezado a dar cumplimiento a aquella orden milenaria que dice: «conócete a ti mismo».

Para continuar, en un segundo nivel de conocimientos, tendrá que estudiar derecho, legislación comparada (de varios pueblos), sistemas judiciales, sistemas penitenciarios, psiquiatría.

Para terminar el cursillo de Introducción al conocimiento del ser humano, convendría que se especialice en Derecho penal, es decir, el derecho relativo a las leyes, instituciones o acciones destinadas a perseguir crímenes o delitos.

Al evaluar la complejidad y la inversión de tiempo que impondrían estos estudios entendemos por qué aquella orden milenaria («conócete a ti mismo») nunca se cumple.

Desde mi inseguro punto de vista, los crímenes y delitos parecen ir en aumento porque los legisladores tampoco tuvieron tiempo de «conocerse a sí mismos». Por eso hacen leyes que solo castigan al delincuente, quien vuelve a reincidir cuando cumple su condena.

Por ejemplo, estamos todos de acuerdo en que la prostitución y la pornografía infantil son delitos muy conmocionantes, perturbadores, indignantes.

Las personas que cometen estos delitos no deben seguir circulando porque son ciudadanos incapaces de respetar las normas de convivencia, pero observemos qué nos ocurre con los niños, observemos la pedofilia de los ciudadanos comunes.

— Amamos a los niños;
— Reconocemos que los niños son bellos;
— Con toda lógica, prohibimos la sexualidad con los niños;
— Sin embargo, las mujeres se depilan casi totalmente, en la mayoría de los casos, para emular la falta de pilosidad en el cuerpo infantil.

Conclusión: Popularmente se imita la ausencia de pilosidad infantil con fines eróticos.

(Este es el Artículo Nº 2.098)


El preocupante poder de los médicos


El poder de la corporación médica y de las empresas farmacéuticas constituye una situación que lamentablemente debería preocuparnos.

Una familia con muchos hijos sabe qué diferentes pueden ser las personas a pesar de poseer la misma genética y de ser criados en un mismo hogar.

Dos inmigrantes italianos, que llegaron a los Estados Unidos cuando en Italia pasaban hambre y en la joven nación todo era entusiasmo y oportunidades, tuvieron cinco niños, a todos los criaron con la misma devoción, pero el segundo, Bruno, nació en un crudo invierno de Chicago y cuando cumplió cuatro años no tuvo la fiesta que esperaba porque los padres eran muy pobres y el negocio de colocación de vidrios en invierno era cuando menos vendía.

Pero Bruno tuvo todo un año para pensar en su triste situación, en que debía hacer algo para que ese cumpleaños sin fiesta no volviera a repetirse y, gracias a su ingenio y audacia, logró tener su fiestita.

Las ventas comenzaron a subir cuando la fecha de su cumpleaños se acercaba.

Así ocurrió hasta los nueve años, cuando por exceso de ambición, cometió un error que le transformó el día de su cumpleaños en un día de severa penitencia. En lugar de romper tirando piedras las ventanas de tres casas cercanas, quiso tener una fiesta mejor y rompió los vidrios de cinco casas. Este hecho llamó la atención, los padres pensaron, preguntaron, y descubrieron al pequeño delincuente.

Me preocupa la condición humana, porque seguramente yo soy como ese niño aunque menos inteligente o menos ambicioso, pero qué pasa cuando los médicos pueden hacer y deshacer, encubiertos por su corporativismo y por un saber que los aísla de quienes sabemos poco y nada de anatomía, fisiología, medicamentos, cirugía.

¿Ellos priorizarán el cuidado de mi salud o de sus ventas?

(Este es el Artículo Nº 2.061)