lunes, 7 de octubre de 2013

La involuntaria asociación para delinquir



 
Cuando omitimos denunciar un ilícito, lo hacemos porque, inconscientemente, estamos asociados y apreciamos al infractor, más de lo que imaginamos.

Los ciudadanos comunes difícilmente denunciemos los ilícitos cometidos ante nuestra presencia.

Es conocido el sagrado «código de silencio», que se respeta a muerte entre los presos y, cuando digo «a muerte», no es una expresión metafórica sino que la delación suele pagarse con la vida.

Para muchos es difícil guardarse la información que poseen, inclusive con filmaciones que tomaron con los teléfonos celulares, pero más difícil es hacer la denuncia.

La dificultad para respetar el «código de silencio» es, fundamentalmente, el sentirse directamente cómplices del delito que presenciaron. El solo hecho de no hacer la denuncia a los responsables de controlar la legalidad implica asociarse, indirectamente, con los ilegales.

Como ocurre en todas las situaciones dudosas, se convocan en la mente del involuntario testigo, ventajas y desventajas de cumplir con su deber civil de señalar a quienes incumplen las normas.

Está claro que la falta de sanción para los transgresores habilita la continuidad de sus prácticas ilegales. Al no hacer la denuncia que correspondería, no solamente estamos «perdonando» la falta, sino que, estamos habilitando todas las demás que podrían cometerse.

En otras palabras: quien no denuncia los actos ilícitos, no solo permite el incumplimiento de la ley, sino que, además, está habilitando las condiciones necesarias para que se sigan cometiendo.

La situación suele complicarse porque la duda entre denunciar y no denunciar, provoca una pérdida de tiempo que es generadora de culpa. Por lo tanto, quien se demora en delatar lo que vio, está incurriendo en un delito por entorpecer las acciones represivas que pudieran corresponder.

El cómplice involuntario, como ocurre entre los reclusos, reconoce que el infractor integra su grupo de pertenencia, aunque, por vergüenza, nunca podría admitirlo.

(Este es el Artículo Nº 2.034)

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La costumbre inescrupulosa y sagrada de regatear



 
Regatear es tanto una pésima costumbre de negociantes inescrupulosos, como una práctica sagrada que sería de muy mal gusto evitar.

Fui comerciante durante muchos años y, lo confieso, no soporto a la gente que intenta regatear.

Aunque, como todo energúmeno, me creo el rey de la ecuanimidad, la ponderación y el equilibrio emocional, siento ganas de echar a patadas a quien osa pedirme rebaja en el precio que tan juiciosamente he puesto a mis mercancías.

La corrosiva indignación se sustenta en el razonamiento de que, si yo rebajara un solo peso al precio que le cobro al comprador, estaría demostrando que, de no ser por su oportuna gestión, yo me habría quedado con ese peso que estuve dispuesto a renunciar.

Conceder una rebaja es una delación, es una confesión de las malas intenciones que tengo y que justifican que mis clientes deban estar en guardia cuando negocian conmigo.

Si bien la alegría del comprador puede llegar a anestesiar su lucidez, cuando recobra la conciencia tendría que darse cuenta de que yo quise timarlo, estafarlo, abusarme de su actitud confiada y respetuosa.

Hacer una rebaja en el precio equivale a reconocer que este fue fijado de manera abusiva, antojadiza, desprolija, sin profesionalismo, tratando de depredar a los más confiados, tímidos, vergonzosos, serenos.

Toda rebaja señala, sin lugar a confusión, que el vendedor es un estafador, un delincuente, una mala persona, digna de que sus negocios fracasen muchas veces, hasta que tenga que dedicarse a otra actividad donde no tenga posibilidades de practicar sus malas intenciones.

Sin embargo, para muchos pueblos, regatear es sagrado.

Cuentan que cierta vez un profeta árabe pudo hablar con Alá y este le dio la orden de que el pueblo rezara 50 veces por días. Gracias a la habilidad regateadora del profeta, actualmente solo rezan 5 veces.

(Este es el Artículo Nº 2.012)

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Las sociedades también necesitan ladrones



 
Las sociedades decidimos que algunos ciudadanos sean ladrones para tonificar la industria de la seguridad y protección de la propiedad privada.

Los ciudadanos de un país funcionamos como una familia, sólo que tenemos que pensar en una familia con millones de integrantes, lo cual le asigna atributos que no pueden deducirse a partir de cómo funcionan las familias de tres o cuatro humanos más una mascota.

En la gran familia tratamos de que cada pariente haga lo que más nos conviene para el resto. Para que lo haga con entusiasmo, y no nos cobre demasiado, aprovechamos que somos muchos para tratar de asignarle algún rol que le de placer, así, parte de su remuneración estará dada por la satisfacción que recibe al hacer lo que le gusta.

Por ejemplo, a los músicos tenemos que pagarles poco porque adoran la música y hasta trabajarían gratis; a los policías podemos pagarles poco porque se deleitan paseándose con un arma en la cintura; a los presidentes tendríamos que cobrarles por el placer que sienten poseyendo tanto poder.

En suma: en las sociedades tratamos de servirnos unos a otros, por el menor costo posible. En otras palabras: buscamos eficiencia.

Tanto la asignación de roles, como su aceptación por parte del ciudadano designado, no son muy claras, sobre todo en algunos casos.

Me referiré a un caso muy doloroso y es el caso de los delincuentes.

Los ciudadanos no queremos aceptar esa asignación de roles pues nos sentiríamos cómplices, malintencionados, culpables, pero hay elementos para suponer que hacemos esas designaciones.

Necesitamos a los ladrones para tonificar la gran industria de la seguridad. Muchos de nosotros, (policías, cerrajeros, herreros, investigadores, aseguradores), vivimos gracias a que la gente teme que le roben, pero además los designamos para que nos permitan soñar con que nosotros somos los honestos.

(Este es el Artículo Nº 2.023)

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La sexualidad de una compradora compulsiva




Una compradora compulsiva puede ser una mujer que desea a muchos hombres pero que moralmente tiene prohibida la promiscuidad.

Comparto mis observaciones y las opiniones que me inspiran, confiando en que ustedes poseen el discernimiento suficiente para hacer una evaluación tan valiosa como la que podría hacer cualquier especialista.

Claro que si usted piensa que los especialistas son los dueños de la verdad, si piensa que opinar sobre los instintos solo está reservado a quienes hayan publicado por lo menos un libro sobre el tema, entonces tendrá que delinquir, esto es, opinar atrevidamente invadiendo los dominios sagrados de esos propietarios del saber en los que usted cree.

Para alentarlo en este asalto le digo que yo lo hago todo el tiempo, que no respeto la sabiduría de esos famosos más que la sabiduría de quien crió un hijo.

Luego de alentar su audacia a que se anime a pensar por usted mismo, le cuento una de mis observaciones.

La mayoría de las mujeres son muy selectivas con el padre de sus hijos. Por algún motivo propio de la especie, lo eligen muy minuciosamente aunque la decisión está fuera de su control. En suma: ella quiere ser embarazada por Fulanito de Tal y por ningún otro. Así funcionan la mayoría de las mujeres.

Sin embargo, existe otro grupo que tiene un criterio diferente. Podría describirlo diciendo que no prefieren a un varón determinado sino que sienten un amor genérico por los varones. Sueñan con ser embarazadas por muchos. Se imaginan desencadenando una locura colectiva entre los hombres que la conocen. Son capaces de amar a muchos, son enamoradizas, tienen un cuerpo tan magnético que se siente atraído por muchos.

Si la moral le impide acostarse con todos, quizá se consuele siendo una compradora compulsiva que se enamora fugazmente de cualquier objeto.

(Este es el Artículo Nº 1.999)

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¡Consígase un semental, señora!



 
Las mujeres post-menopáusicas no pueden gestar, sin embargo, si gozan de buena salud, siguen deseando tener sexo como si pudieran.

Un dicho popular dice: «No se consuela quien no quiere».

En términos de expresar lo relativo que puede ser cualquier situación cuando de consolarnos se trata, se ha creado la ingeniosa denominación de «daños colaterales» a la muerte de civiles en las guerras entre militares.

Con el propósito de disminuir la presión social excitada por la cantidad de homicidios, los encargados de mantener la seguridad interna diagnostican «ajuste de cuentas entre malvivientes» para que los ciudadanos se consuelen pensando que ese baño de sangre que los alarma no es otra cosa que un fenómeno higiénico que los beneficia (el auto exterminio de los delincuentes que se matan entre ellos).

Una frase breve que chasquea como un látigo dice: «Roba pero hace». La veneración al mítico Robin Hood es exasperante, nos saca de quicio, es abrumadoramente insoportable, PERO... ahí tenemos a los pobres y a los izquierdistas que los asisten, sea como sea, siguiendo caminos legales o ilegales, para repartir dinero entre los pobres. Lo que se considere un «objetivo superior» habilita cualquier apartamiento de la legalidad.

No sería descabellado sugerir que un político gana votos haciendo gala de corrupto pero benefactor. Así es el mito y así funciona en tantos casos: al gobernante corrupto que tiene fama de repartir entre los menos pudientes se lo ama, se lo respeta, y se lo pone en lugares de poder cuantas veces sea porque exhibe «una santa corrupción».

Sin embargo, todas estas incoherencias humanas podrían habilitar algo que no es incoherente pero que para muchos sí lo es.

Las mujeres post-menopáusicas ya no pueden gestar, sin embargo, si gozan de buena salud, siguen deseando tener sexo como si pudieran. ¡Consígase un semental, señora!

(Este es el Artículo Nº 2.016)

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